Existe una forma inquietante de unión humana que no necesita afecto, admiración ni siquiera conocimiento mutuo. Basta con compartir un enemigo.
Dos desconocidos pueden convertirse en aliados en cuestión de segundos si descubren que detestan lo mismo. En cambio, construir una amistad exige tiempo, confianza y reciprocidad. El odio ofrece una intimidad inmediata que el amor necesita cultivar.
Esta paradoja revela algo profundo sobre nuestra naturaleza: a veces resulta más sencillo definirnos por aquello que rechazamos que por aquello que somos.
El amor nos obliga a reconocer la complejidad del otro. El odio compartido, por el contrario, simplifica el mundo. Establece una frontera entre nosotros y ellos, transforma las diferencias internas en asuntos secundarios y proporciona una identidad colectiva aparentemente sólida.
Pero esa cohesión encierra una contradicción: cuanto más depende un grupo de su enemigo, menos independiente es su identidad.
El adversario deja de ser una amenaza exterior para convertirse en una necesidad interior. Su desaparición podría resultar incluso incómoda, porque obligaría al grupo a preguntarse qué tiene realmente en común.
Aquí aparece una posibilidad perturbadora: ciertas comunidades no desean verdaderamente resolver sus conflictos, porque los conflictos constituyen el fundamento de su existencia.
Las redes sociales han convertido este mecanismo en una arquitectura de relaciones. La indignación compartida genera reconocimiento, pertenencia y visibilidad. No siempre importa qué defendemos; importa contra quién nos posicionamos.
La enemistad se convierte así en una forma de capital social.
Sin embargo, conviene distinguir intensidad de profundidad. El odio puede producir alianzas rápidas y emocionalmente poderosas, pero eso no demuestra que sean más duraderas ni más valiosas que las construidas sobre el afecto.
Existe, además, una diferencia decisiva entre compartir un rechazo y compartir un proyecto. Lo primero necesita conservar aquello que combate. Lo segundo puede sobrevivir a la desaparición de sus adversarios.
Quizá la verdadera madurez de una comunidad no consista en encontrar enemigos comunes, sino en descubrir razones para permanecer unida cuando ya no existen.
Y esta reflexión conduce a una pregunta todavía más incómoda, dirigida a cada uno de nosotros:
Si desaparecieran todas las personas y las ideas que detestamos, ¿cuánto quedaría de nuestra identidad?




