La obsolescencia interior

Hay un instante —silencioso, casi físico— en el que uno descubre que todo aquello en lo que depositó su identidad empieza a desvanecerse. No porque haya fallado, sino porque el mundo ha cambiado de ritmo sin pedir permiso. Ese instante, que muchos viven hoy frente a la irrupción de la inteligencia artificial, no es tecnológico: es ontológico.
Es el momento en que el yo se mira al espejo y no se reconoce.

Durante décadas nos enseñaron que estudiar era una forma de fijar el futuro. Que la acumulación de conocimientos funcionaba como un muro protector contra el caos. Pero la IA ha revelado una verdad más antigua y más inquietante: el conocimiento no protege de nada. No asegura un lugar. No garantiza continuidad. No salva.

No porque la tecnología avance demasiado rápido, sino porque siempre confundimos identidad con función.
Y la función —como toda herramienta— es sustituible.

Lo que hoy se derrumba no son carreras ni profesiones:
es la ficción de que somos algo estable.

La IA no amenaza a quienes piensan: amenaza a quienes creyeron que pensar significaba repetir lo aprendido, perfeccionar lo conocido, defender lo ya establecido. La inteligencia artificial no compite con la inteligencia humana; compite con la inercia humana. Con esa comodidad de sentir que uno “ya es algo” porque ha estudiado algo.

Pero lo insoportable, lo verdaderamente insoportable, es esto:
el título que se vuelve inútil revela la parte de nosotros que también lo es.

Y sin embargo, en esa herida late una posibilidad.
No de reconstruir el pasado, sino de interrogar el presente:

¿Quién soy cuando lo que sé deja de servirme?
¿Qué queda de mí cuando desaparecen mis destrezas?
¿A qué me aferro cuando la utilidad deja de sostenerme?

Esa es la pregunta que debería inquietarnos, no la IA.

Porque quizá el gran error fue creer que la formación crea personas, cuando solo crea especialistas. Y los especialistas, en un mundo que cambia demasiado deprisa, se convierten en fósiles con rapidez.

La IA no nos está desplazando.
Nos está desnudando.

Y lo que aparece bajo esa desnudez es, por primera vez en siglos, la posibilidad de una identidad no construida sobre habilidades, sino sobre dirección, curiosidad, percepción, capacidad para reinterpretar.

Tal vez este sea el nuevo umbral: dejar atrás la vida entendida como acumulación de competencias y entrar en una vida entendida como estado de vigilia.

Un estado en el que el valor ya no procede de lo que sabemos, sino de nuestra disposición a no dejar de movernos, a no dejar de pensar, a no dejar de arder.

Porque lo que muere no es el conocimiento.

Lo que muere es la ilusión de que alguna vez estuvo completo.