Vivimos rodeados de cosas que ya no vemos. No porque hayan desaparecido, sino porque la costumbre las ha cubierto con una película de falsa evidencia. El mundo sigue ahí, intacto en su extrañeza, pero nuestra percepción lo reduce a mecanismo, a uso, a tránsito. Entonces dejamos de mirar y empezamos simplemente a atravesar.
El asombro rompe esa economía de la indiferencia. No añade nada al objeto, pero desestabiliza al sujeto. De pronto, lo que parecía domesticado vuelve a ser enigma. Lo cercano se vuelve abismo. Y en esa grieta comienza algo decisivo: la inteligencia deja de repetir y empieza a buscar.
Quizá por eso el conocimiento no nace de la seguridad, sino de una herida sutil en la conciencia. Solo pregunta de verdad quien ha sido tocado por algo que no encaja del todo en sus esquemas. El asombro no es una decoración del pensamiento: es su impulso más originario. Antes que teoría, hubo desconcierto. Antes que sistema, hubo una mirada detenida ante lo incomprensible.
Pero hay algo más. Asombrarse no solo inaugura el saber; también rescata al ser humano de la anestesia espiritual. En una época saturada de estímulos, donde todo compite por llamar la atención, casi nada logra conmovernos de verdad. Vemos mucho, pero advertimos poco. Recibimos información, pero rara vez experiencia. El asombro, en cambio, no acumula datos: abre presencia.
Tal vez conocer sea, en el fondo, aprender a no clausurar demasiado pronto el misterio de lo real. No para glorificar la ignorancia, sino para impedir que la explicación mate la profundidad. Hay pensamientos que iluminan, pero también explicaciones que empobrecen. El asombro nos recuerda que comprender no consiste en agotar el mundo, sino en entrar en relación más honda con él.
Perder el asombro es empezar a vivir entre ruinas invisibles. Conservarlo es mantener abierta la posibilidad de una inteligencia viva, de una sensibilidad no agotada, de una conciencia que todavía puede ser transformada por aquello que encuentra.