¿Migrantes del instante?

Cuando viajamos como turistas creemos que nuestra condición es radicalmente distinta a la de los migrantes. Pensamos que nos desplazamos sin más, que lo nuestro es ocio, descanso, cultura, placer. Sin embargo, al mirar más de cerca, la frontera entre el turismo y la migración se difumina. Ambos implican abandonar un lugar de origen y llegar a otro; ambos suponen insertarse, aunque sea mínimamente, en territorios ajenos; ambos dejan huellas, visibles o invisibles, en quienes se mueven y en quienes reciben.

El turista es, en cierto modo, un migrante efímero: se desplaza, pero conserva intacta la seguridad del regreso. Su migración es reversible, pactada con el tiempo limitado de las vacaciones y con la comodidad de saber que el hogar lo espera. El migrante forzado, en cambio, viaja con incertidumbre y sin billete de retorno. Allí donde el turista porta el derecho al ocio, el migrante arrastra la necesidad de sobrevivir.

Esta diferencia revela una profunda asimetría: la libertad de movimiento de unos se sostiene en el privilegio, mientras que la de otros nace de la carencia. Pero incluso con esa distancia, hay un punto común ineludible: ambos transforman el lugar que pisan. El turismo masivo reconfigura ciudades, precios y paisajes sociales, tanto como lo hace la migración permanente. La diferencia es que el turista rara vez percibe su responsabilidad en esos cambios, refugiado en la ilusión de la temporalidad.

Tal vez el turismo sea una forma suavizada de migración: un ensayo reversible de lo que significa habitar otro mundo. Y quizá, en el fondo, todos los desplazamientos humanos —forzados o elegidos— nos recuerdan una misma verdad: que nuestra identidad no es fija, sino un tránsito continuo. Migramos cuando trabajamos, cuando estudiamos, cuando viajamos y hasta cuando soñamos. Migrar es habitar el movimiento, aunque lo disfracemos de descanso.