Deudas, umbrales y tiempo

“La nueva clase media no se define por lo que tiene, sino por lo que debe.” La frase parece un juego de palabras hasta que uno mira alrededor: nóminas que se convierten en calendarios, hogares que se piensan como hipotecas y no como espacios habitables, biografías que se ordenan según los meses que faltan para dejar de pagar. El tener, que fue durante décadas la métrica doméstica de la estabilidad, cede su trono al deber. Y no es un mero cambio contable: es una mutación moral. De repente, el mérito ya no es poseer, sino sostener; no es terminar, sino aguantar.

“Cuando la vivienda no rota, la vida aprende a esperar.” La promiscuidad entre espacio y tiempo se revela aquí con nitidez. La casa —ese refugio que Bachelard asoció al sueño y a la intimidad— se rigidiza y, al rigidizarse, nos inmoviliza. Si el parque no circula, la biografía se coagula: parejas que aplazan hijos, proyectos que se postergan, oficios que no se intentan porque el traslado es imposible. El alquiler caro y la compra inaccesible producen un mismo efecto psicológico: el presente se vuelve provisional y el futuro, condicional. El verbo vivir adopta el modo subjuntivo: viviríamos si…; nos mudaríamos cuando…; seríamos padres si algún día…

“La herencia es la frontera invisible entre el deseo y la puerta abierta.” Pocas oraciones retratan con tanta sobriedad la topografía del acceso. Hay un umbral en la ciudad que no está trazado con vallas ni con líneas rojas, sino con apellidos, patrimonios y azar generacional. Quien hereda cruza; quien no, aprende la pedagogía de la espera. El contrato social, que prometía movilidad a cambio de esfuerzo, empieza a hablar otro idioma: el de la genealogía. No es una derrota individual —a menudo se trabaja más que nunca—, sino una derrota del mapa: las rutas que conectaban sacrificio con oportunidad han sido desviadas hacia peajes familiares.

“Una entrada no es un hogar: es una cuenta atrás.” El signo de la época es el anticipo convertido en destino. La entrada —ese dinero que antaño era el gesto inicial de una conquista— se vuelve metrónomo; cada cuota paga minutos de pertenencia, pero también gotea meses de ansiedad. El llavero ya no cuelga de un clavo en la pared, cuelga de un índice: el tipo de interés. Por eso la arquitectura del ánimo contemporáneo es una arquitectura de relojes. La cocina está calculada; el salón, proyectado; la terraza, soñada; pero la respiración se dosifica en plazos. Y lo que debía ser morada se convierte en cronómetro.

“La libertad se mide en meses sin intereses, no solo en metros útiles.” Esta medida desnuda una verdad incómoda: la libertad no es tanto un espacio como un margen. Puedes tener muchos metros y poca salida; puedes tener pocos metros y mucho aire, si las obligaciones no te exprimen. De ahí la paradoja de nuestro tiempo: ampliamos casas en planos y reducimos vidas en calendarios. La libertad, ese bien elástico que antes se asociaba a la educación, a la imaginación o al carácter, se degrada a cálculo financiero: ¿cuánto margen me queda para cambiar de trabajo, de ciudad, de vida? La respuesta ya no depende de la brújula, sino de la tabla de amortización.

Si el tener ha sido sustituido por el deber, y la puerta por el apellido, la ética personal necesita redefinirse. La vieja moral del propietario —ahorrar, comprar, pagar—, sin duda virtuosa en su contexto, se vuelve insuficiente cuando el acceso deja de depender solo del esfuerzo. ¿Qué significa “ser responsable” en un escenario donde la movilidad residencial está bloqueada y la genealogía manda? Tal vez signifique, primero, no sacrificar toda la vida a un solo vector de estabilidad; segundo, cultivar redes que sustituyan a los privilegios heredados; tercero, reconquistar el tiempo como recurso político.

No se trata de romantizar la precariedad ni de demonizar la propiedad, sino de desactivar la ilusión de que la vida “verdadera” empieza cuando termine la deuda. Ese espejismo pospone indefinidamente la experiencia de habitar. Habitar, en cambio, es un verbo del presente: poner una mesa, invitar a alguien, aprender el nombre del vecino, regar una maceta. No está reñido con planificar ni con pagar; está reñido con vivir en diferido. La pregunta que debemos hacernos no es “¿cuándo se acaba?”, sino “¿cómo se vive mientras?”. En esa pregunta se juega la dignidad de quienes no heredan puertas abiertas.

También conviene revisar la métrica de la pertenencia. Una comunidad que mide la virtud por la duración de su deuda cultiva ciudadanos exhaustos. Una comunidad que mide la virtud por la densidad de sus vínculos —cooperativas, redes de apoyo, conocimiento compartido— cultiva libertad distribuida. No siempre podremos cambiar los precios, pero siempre podemos cambiar las prácticas: copropiedad con pactos claros, alquileres estables con transparencia, movilidad estratégica que nos libere del chantaje del metro cuadrado. No es un programa salvacionista; es un modo de no ceder el timón del tiempo a la ingeniería del interés compuesto.

La política, por su parte, debería abandonar el fetiche de los metros y abrazar el de los márgenes: licencias que no se eternicen, parques asequibles que roten, incentivos a la movilidad que no rompan comunidades, fiscalidad que libere vivienda infrautilizada sin castigar biografías frágiles. No hay símbolo más potente de ciudadanía que una llave compartida con justicia. Y no hay indicador más claro de decadencia que una ciudad donde el umbral depende del linaje.

Quizá el desafío filosófico se resuma así: ¿cómo vivir sin confundir seguridad con demora, pertenencia con endeudamiento, hogar con hipoteca? La respuesta no está en un heroísmo ascético ni en un hedonismo sin memoria, sino en una aritmética nueva del sentido: medir el progreso por los minutos que recuperamos para lo importante —el tiempo que vuelve a ser nuestro— y no por el tamaño de lo que “algún día” será de nuestra propiedad.

Volvamos a las frases, entonces, no como eslóganes, sino como brújulas. Si la clase media se define por lo que debe, recordemos que la deuda más peligrosa no es financiera: es la deuda con una imagen de futuro que nos impide habitar el presente. Si la vivienda no rota y la vida aprende a esperar, enseñemos a la vida otra lección: que el habitar puede adelantarse al permiso del banco. Si la herencia es frontera, construyamos puentes con instituciones y prácticas que hagan del acceso un bien común. Si la entrada es cuenta atrás, no renunciemos a inaugurar —aun en pequeño— lo que merezca la pena. Y si la libertad se mide en meses sin intereses, añadamos la unidad que falta: la libertad también se mide en días con sentido.