El futuro convertido en apuesta

Durante siglos, el futuro fue dominio de oráculos, profetas o poetas. Era un espacio incierto, abierto a la imaginación, pero también a la esperanza. Hoy, en cambio, el futuro se ha convertido en un activo financiero: se compra, se vende, se apuesta. No se trata ya de interpretar los signos del destino, sino de anticipar porcentajes, de traducir cada acontecimiento en un contrato con fecha de caducidad.

El auge de los llamados mercados de predicción, ahora legitimados y hasta impulsados por figuras cercanas al poder político, nos muestra una paradoja inquietante. Lo que antes era deliberación pública o reflexión ética —qué sociedad queremos, qué camino debemos seguir— se traslada a una pantalla donde inversores anónimos ajustan sus posiciones en función de probabilidades. Las elecciones, las guerras, las decisiones judiciales se transforman en cuotas. Y el ciudadano, reducido a espectador, descubre que su destino también es un gráfico fluctuante.

La pregunta que surge es inevitable: ¿qué significa vivir en un mundo donde el futuro es objeto de especulación financiera? No hablamos de asegurarse contra una tormenta o una mala cosecha —algo que siempre existió—, sino de hacer negocio con la misma incertidumbre que atraviesa nuestras vidas colectivas. En este escenario, la verdad deja de ser un bien en disputa y se convierte en una curva estadística. No importa tanto lo que ocurra como la rentabilidad que pueda extraerse de su posibilidad.

La fascinación por estos mercados no se debe solo al dinero. Hay un impulso más profundo: el deseo de domesticar lo imprevisible, de encerrar el tiempo en cifras. A cambio, aceptamos que el porvenir se reduzca a un juego de ganadores y perdedores, donde cada predicción acertada refuerza la ilusión de control y cada error se castiga con pérdidas. Pero la vida, lo sabemos, rara vez obedece a tales cálculos.

Quizá la reflexión más urgente sea esta: ¿queremos un futuro que solo valga por lo que puede pagarse en una apuesta? ¿O aspiramos a un horizonte donde la incertidumbre siga siendo un lugar de imaginación, de responsabilidad y de construcción colectiva? La diferencia es sutil pero decisiva. En la primera opción, seremos consumidores de futuros probables; en la segunda, creadores de futuros posibles.