La evolución humana ya no depende principalmente de los genes, sino de la cultura. Durante milenios, la biología marcó el rumbo de nuestra especie con lentitud, pero hoy son las instituciones, las tecnologías y las ideas las que transforman nuestro modo de vivir en cuestión de décadas o incluso años.
La selección genética actúa sobre individuos; la cultural, sobre grupos. Lo que asegura la supervivencia no es la fuerza individual, sino la capacidad de cooperar, compartir normas y sostener narrativas comunes. La herencia cultural se convierte así en el nuevo código que define nuestra adaptación.
Este cambio trae consigo oportunidades y riesgos. La cultura acelera la innovación, pero también multiplica las fragilidades: una mala idea o una tecnología mal dirigida pueden propagarse globalmente en muy poco tiempo. La rapidez que nos da poder también nos expone a caídas colectivas.
Si aceptamos que el motor evolutivo ha cambiado, surge una nueva responsabilidad ética. Ya no somos simples productos de la naturaleza: seleccionamos y difundimos activamente lo que será legado. Como advirtió Hans Jonas, debemos anticipar los riesgos y responder por el futuro que construimos.
En esta transición, la humanidad se convierte en proyecto abierto: somos los arquitectos de nuestra propia evolución. La pregunta ya no es si cambiaremos, sino si seremos capaces de orientar ese cambio cultural sin destruirnos en el intento.