La arquitectura del conflicto

Los conflictos que marcan la actualidad no surgen por casualidad ni por diferencias irreconciliables entre los hechos, sino por la acumulación de sesgos en quienes deciden. Cada sesgo —de poder, de ideología, de identidad o de interés— actúa como un filtro que distorsiona la percepción de la realidad. Cuando esos filtros se superponen, la verdad deja de ser un punto de encuentro y se convierte en un campo de batalla.

En la raíz de cada decisión política, económica o social, hay una red de percepciones alteradas que compiten por imponerse como versión legítima del mundo. Los sesgos no son simples errores cognitivos; son estructuras de defensa que protegen la coherencia interna de quienes deciden, incluso a costa de la coherencia colectiva.

Así, los conflictos no se generan por la falta de soluciones, sino por la imposibilidad de verlas sin atravesar los espejos deformantes del prejuicio. Cuantos más sesgos acumula un sistema decisorio, más se aleja del equilibrio, y más dependiente se vuelve del conflicto como mecanismo de corrección.

Comprender la arquitectura del conflicto exige reconocer que su motor no está en las diferencias entre las partes, sino en la incapacidad compartida para mirar sin filtros. Solo cuando las decisiones se liberen de sus sesgos más arraigados, los acontecimientos dejarán de ser síntomas de fractura y comenzarán a ser señales de aprendizaje.