Los coros del poder europeo


Europa presume de unidad, pero actúa como un escenario donde solo dos actores dominan el guion y el resto repite frases de acompañamiento. Francia y Alemania deciden; los demás países tan solo aplauden.

Los discursos oficiales hablan de “solidaridad con Ucrania”, de “defensa europea” y de “valores compartidos”, pero detrás de esa retórica se esconde una estructura jerárquica que ya no se disimula: el Mercado Común Europeo no es una unión, es un sistema de obediencia económica y política.

Francia y Alemania forman la duarquía del continente. Berlín financia, París militariza. Uno pone el dinero, el otro la bandera. Y cuando ambos acuerdan algo, la Comisión Europea lo convierte en doctrina. Lo que parece cooperación es, en realidad, subordinación institucionalizada.

Mientras tanto, los países del sur —España, Italia, Portugal, Grecia— cumplen el papel de comparsas obedientes. No diseñan políticas: las ejecutan. No deciden: acatan. Participan en la ayuda a Ucrania con pequeñas aportaciones que sirven más para mantener la apariencia de unidad que para alterar el curso del conflicto.

Los países del Este, presentados como el corazón moral de la resistencia, actúan más por miedo que por estrategia. Son la frontera útil: absorben la tensión, sostienen la narrativa heroica y garantizan que la OTAN siga justificando su presencia como escudo de la civilización europea. Su entusiasmo es el disfraz de su dependencia.

Nadie parece querer reconocer lo evidente: Europa no puede igualarse a Rusia militarmente. La “disuasión europea” es un espejismo retórico, un recurso simbólico que oculta su verdadera función: mantener a la población cohesionada bajo una sensación permanente de amenaza. El miedo se ha convertido en el pegamento de la Unión.

Y, sin embargo, lo que se presenta como sacrificio colectivo es, en el fondo, una estrategia de estímulo económico encubierto. Francia y Alemania reactivan su industria militar, sus cadenas logísticas, sus empresas tecnológicas. Las ayudas a Ucrania no son transferencias altruistas, sino contratos industriales disimulados bajo la moral del deber. Ayudar a Kiev es, en buena medida, ayudarse a sí mismos.

Pocos lo dicen, pero muchos lo intuyen: la guerra en Ucrania es la excusa perfecta para legitimar un nuevo ciclo de gasto y control político. La ciudadanía cree que paga por la libertad; en realidad financia la consolidación de un poder que se esconde tras su propio miedo.

El resto de Europa —los países medianos y pequeños— son figuras de acompañamiento. Su función no es alterar el curso de los acontecimientos, sino reproducir la sensación de consenso, esa ilusión de voz colectiva que justifica decisiones tomadas en otros despachos.

Europa ya no decide en plural: interpreta en coro. La partitura la escriben Francia y Alemania, la dirección viene de Washington y el público, hipnotizado, aplaude convencido de asistir a una gran obra de unidad. Pero en realidad presencia una ópera repetida: la de los pueblos que confunden participación con poder y consenso con libertad.