Hay soledades que se escogen y otras que se sufren. La timidez y la antipatía parecen contrarias, pero ambas terminan por levantar los mismos muros: la distancia entre uno mismo y el mundo.
La timidez es una soledad que anhela compañía. Detrás de su silencio hay deseo, incluso ternura. Quien es tímido observa desde lejos las conversaciones, los gestos, las risas; quisiera participar, pero teme el juicio o el rechazo. Su aislamiento no es una elección, sino una herida. Vive rodeado de presencias que no se atreve a tocar, y cada intento de acercamiento se convierte en una batalla interior.
La antipatía, en cambio, es una soledad que se defiende. No hay miedo, sino desdén. Quien la cultiva mira al entorno con desconfianza o cansancio, convencido de que la mayoría no merece su tiempo. Se refugia en su orgullo, en la convicción de que la pureza del pensamiento o la integridad personal justifican el alejamiento. Pero ese refugio, con el tiempo, se vuelve prisión.
Ambas formas de soledad nacen del mismo fondo: la fragilidad del vínculo humano. Una teme abrirse, la otra desprecia hacerlo. Una busca amor sin saber cómo alcanzarlo; la otra renuncia al amor para no verse herida. En ambas, el yo se vuelve espejo cerrado.
Solo cuando la mirada deja de ser defensiva —por temor o arrogancia— y se convierte en presencia, la soledad deja de ser un muro y se transforma en espacio interior. Entonces la distancia con el mundo se vuelve una forma de comprensión, no de huida.