La frase “gran parte del trabajo humano no era necesario, solo culturalmente obligatorio” sintetiza una de las paradojas más profundas de la civilización industrial: la idea de que el trabajo —en todas sus formas— es un deber moral, no tanto una exigencia real.
I. De la subsistencia a la moral del trabajo
En las sociedades preindustriales, el trabajo tenía una relación directa con la supervivencia. Se cazaba, se cultivaba o se construía porque sin ello la comunidad perecía. Pero con la Revolución Industrial (siglo XVIII-XIX) esa relación se fracturó. La producción se desvinculó de la necesidad y se vinculó al crecimiento. Nació así una nueva moral: trabajar no era solo un medio para vivir, sino una forma de justificar la existencia.
Max Weber lo describió magistralmente en La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905): el trabajo se convirtió en un acto de redención, una prueba de virtud. Ya no se trabajaba para comer, sino para demostrar que uno merecía hacerlo. El ocio, antes reservado a los sabios o a los contemplativos, se transformó en sospechoso.
II. La expansión del trabajo como dogma
Durante el siglo XX, la industrialización masiva y el auge de la sociedad de consumo consolidaron esa moral. El empleo se volvió el eje de la identidad moderna: “¿A qué te dedicas?” equivalía a “¿Quién eres?”.
Pero gran parte de esas ocupaciones no respondían a necesidades materiales, sino a estructuras simbólicas: jerarquías, burocracias, rituales de eficiencia, tareas repetitivas diseñadas más para sostener el sistema que para satisfacer necesidades humanas reales.
El antropólogo David Graeber llamó a esto los bullshit jobs —“trabajos de mierda”—: empleos cuya desaparición no solo no generaría caos, sino alivio. Según él, muchas tareas modernas existen no por utilidad, sino por inercia cultural y psicológica: mantener ocupada a la población es más fácil que redefinir el sentido del tiempo libre.
III. La irrupción tecnológica y la desnudez del sentido
La llegada de la automatización y la inteligencia artificial ha hecho visible esa falsedad. Cuando una máquina puede realizar en segundos lo que antes requería cientos de horas humanas, la pregunta ya no es técnica, sino ontológica:
Si una tarea puede ser sustituida sin pérdida, ¿era realmente necesaria?
La IA, al eliminar el esfuerzo como condición de producción, deja al descubierto la dimensión cultural del trabajo: seguimos trabajando no porque sea imprescindible, sino porque no sabemos vivir sin hacerlo. El empleo ha pasado de ser una actividad económica a ser una estructura psicológica de contención.
IV. El mandato cultural de la ocupación
En el fondo, el trabajo moderno se parece a un ritual secular. Su función no es solo producir bienes, sino producir sentido. Las sociedades industriales reemplazaron el valor espiritual por el valor productivo: quien no trabaja, “no vale”. De ahí que incluso cuando el progreso tecnológico reduce la necesidad de mano de obra, se busque crear nuevas formas de empleo simbólico, de entretenimiento o de gestión.
El trabajo se convirtió así en una ficción colectiva que sostiene la cohesión social. No porque sea necesario para vivir, sino porque mantiene la ilusión de que la vida tiene un propósito.
V. El fin de la obligación cultural
Hoy, cuando la automatización revela que la economía podría sostenerse con mucho menos esfuerzo humano, el dogma se resquebraja. Si la producción material ya no necesita nuestra presencia, ¿por qué seguimos sometidos al horario, a la productividad, al agotamiento?
Porque el trabajo no solo organiza la economía: organiza la mente.
Liberarse de su obligación cultural no será una transición técnica, sino una revolución del sentido. Significará aceptar que el valor humano no depende del rendimiento, sino de la conciencia.
Quizá entonces comprendamos que el fin del trabajo no es el fin del mundo, sino el principio de otra forma de estar en él: una donde la creación, el conocimiento y la cooperación reemplacen al rendimiento como medida de existencia.