Hay transformaciones que no estallan, sino que se disuelven. No se anuncian con titulares ni revoluciones, sino con la lenta evaporación del sentido. La economía actual vive una de esas metamorfosis invisibles: un desgaste interno que no destruye, pero vacía. Lo vemos en los mercados laborales exhaustos, en las ciudades que expulsan a quienes las sostienen, en la riqueza que se acumula como un eco sin retorno. Todo sigue funcionando, y sin embargo, algo esencial ha dejado de hacerlo.
El trabajo —ese eje sobre el que se construyó el siglo XX— ha perdido su magnetismo. Ya no es promesa ni garantía, apenas mecanismo de subsistencia. Millones de personas abandonan sus empleos no por exceso de oportunidades, sino por falta de propósito. Es una dimisión existencial: la del ser humano frente a una estructura que ya no le ofrece identidad, ni futuro, ni reciprocidad. Lo que antes era deber moral se ha convertido en disonancia cognitiva: trabajar sin creer en lo que se hace, producir sin saber para quién.
A esta desvinculación interior se suma la fractura exterior: la vivienda, que alguna vez fue refugio y horizonte, se ha convertido en un indicador de exclusión. La sociedad urbana, símbolo del progreso moderno, se cierra sobre sí misma. No porque falten pisos, sino porque sobran los que solo existen como inversión. El trabajo ya no compra techo, y el techo ya no cobija vidas, sino capitales.
En ese desequilibrio se revela el nuevo rostro del poder: una minoría que concentra la energía del sistema sin generar pertenencia. El 1 % acumula riqueza no para habitar el mundo, sino para sustraerse de él. Mientras tanto, la mayoría siente que el futuro se ha encogido, que el esfuerzo no devuelve su eco. La desmotivación no es apatía, sino defensa ante una economía que promete movilidad pero ofrece agotamiento.
El resultado es una sociedad de bajos deseos. No porque las personas hayan renunciado a soñar, sino porque han aprendido que desear sin poder realizar es otra forma de dolor. El consumo se vuelve simbólico, la esperanza, intermitente. Ya no se trata de crisis económica: es una crisis ontológica. Lo que se erosiona no es el salario, sino el vínculo invisible que daba sentido a producir, a cooperar, a imaginar un futuro común.
Quizás el verdadero desafío no sea recuperar el crecimiento, sino redefinir la dignidad. Entender que el valor no reside en la acumulación, sino en la relación entre el tiempo, el esfuerzo y el significado. Que una civilización se mide menos por su PIB que por la calidad espiritual de sus vínculos. Y que cuando el contrato social se agota, lo que está en juego no es la economía, sino la posibilidad misma de seguir sintiéndonos humanos.