Hubo un tiempo en que el aburrimiento era una puerta. No conducía a la desesperación, sino a la imaginación. En ese vacío sin urgencia, la mente respiraba, divagaba, se abría paso entre pensamientos sin propósito aparente. Era el intervalo donde nacían ideas, intuiciones, revelaciones.
Hoy, esa puerta se ha cerrado.
El aburrimiento se ha convertido en un lujo inaceptable. La tecnología nos promete compañía constante: una sucesión interminable de estímulos, notificaciones y pantallas que rellenan cualquier hueco antes de que aparezca el silencio. Vivimos bajo el dominio del “scroll eterno”, donde la quietud parece un error de sistema.
La consecuencia es sutil pero devastadora: ya no sabemos estar a solas con nosotros mismos. Hemos externalizado el sentido hacia un flujo continuo de distracciones. Nos hemos hecho incapaces de mirar el tiempo sin medirlo, de vivir sin registrar, de sentir sin compartir.
La desaparición del aburrimiento no solo mata la pausa, también el pensamiento. Sin vacío, no hay creación; sin espera, no hay profundidad; sin distancia, no hay perspectiva. La mente hiperconectada es brillante, pero efímera: reacciona, no comprende.
Quizá la verdadera revolución contemporánea consista en recuperar el derecho a aburrirse. En detenerse, no por falta de opciones, sino por necesidad de alma.