La fabricación de la superficialidad y el eclipse del pensamiento profundo

Vivimos rodeados de voces, pero casi ninguna piensa. No porque falten datos o acceso al conocimiento —nunca hubo tanto— sino porque la estructura emocional y cognitiva de nuestro tiempo está diseñada para impedir la profundidad. La sociedad contemporánea ha logrado un prodigio: transformar el pensamiento en ruido, la reflexión en reacción, la duda en una molestia que estorba la velocidad.

El filósofo, antaño figura disonante, ya no desaparece por falta de talento, sino por falta de condiciones. Un entorno que exige inmediatez, recompensas rápidas y presencia constante destruye el silencio interior, ese territorio frágil del que nace cualquier comprensión. Pensar requiere lentitud, continuidad y vacío. Tres elementos que el sistema moderno combate con una eficacia quirúrgica.

En este paisaje, la figura dominante ya no es el sabio, sino el opinador: alguien que reacciona sin elaborar, que responde sin comprender, que confunde intensidad con verdad. La opinión instantánea desplaza al argumento, y la visibilidad sustituye a la lucidez. El individuo moderno vive atrapado en la ilusión de estar informado, cuando en realidad solo está estimulado.

Esta deriva no es un accidente, es una función.
El “idiota moderno” —en el sentido griego de idiotes, aquel que vive encerrado en su propia inmediatez— es un producto perfectamente compatible con un sistema que necesita consumidores dóciles, distraídos, saturados y emocionalmente vulnerables. Una sociedad que premia la espectacularidad y desprecia la introspección solo puede producir mentes fragmentadas.

El verdadero problema no es que hayan desaparecido los filósofos.
El problema es que hemos perdido el espacio interior donde podrían surgir.

La filosofía no es una disciplina académica; es una forma de vida, un ejercicio de resistencia contra la velocidad, una práctica de abrir preguntas donde todos buscan cerrar discusiones. El filósofo introduce fricción allí donde la sociedad pide fluidez. Por eso la filosofía estorba: obliga a detenerse, a mirar, a comprender lo que preferimos no ver.

Pero incluso en este mundo saturado hay un potencial inesperado: la profundidad se convierte en un acto subversivo. Pensar es ir a contracorriente. Dudar es un desafío. Guardar silencio es un gesto de afirmación. En un ecosistema dominado por el ruido, la lucidez adquiere un valor político, existencial y casi sagrado.

Quizá el objetivo no sea recuperar a los filósofos del pasado, sino crear nuevas formas de pensamiento capaces de existir dentro del vértigo contemporáneo:
una filosofía de la atención, del silencio, de la resistencia interior;
una filosofía posthumanista que no se asuste de la tecnología, pero tampoco se rinda a ella;
una filosofía que devuelva al individuo la soberanía sobre su mente.

Porque la pregunta decisiva no es por qué ya no producimos filósofos.
La pregunta es:
¿Cómo vamos a recuperar, dentro de nosotros, el espacio del que nace la lucidez?