La serenidad en un mundo que desea demasiado

Vivimos atravesados por un impulso ciego que rara vez reconocemos: el deseo perpetuo. No importa qué alcancemos, qué logremos o qué poseamos; la voluntad vuelve a abrir un hueco dentro de nosotros, reclamando una nueva promesa. Es una fuerza que no pregunta y no se agota. El sufrimiento no nace de la carencia, sino de la continuidad infinita del querer, de esa maquinaria interior que solo sabe exigir y empujar.

Por eso la felicidad —la verdadera, la que no se derrumba al menor cambio del mundo— no está en acumular, sino en liberarse. Liberarse no significa renunciar a vivir, sino dejar de convertir la vida en un inventario de conquistas. Significa permitir que lo que existe sea suficiente, aunque sea poco; que la experiencia deje de medirse por lo que falta y vuelva a medirse por lo que es. El alivio aparece cuando dejamos de situar la plenitud en algún futuro improbable.

En esa tregua íntima, el arte y la contemplación se convierten en refugios. No son evasiones, sino suspensiones. Un instante en el que la voluntad se detiene y observamos el mundo sin pedirle nada. La música, un cuadro, un silencio compartido con una montaña o con el río: todos son recordatorios de que la vida puede experimentarse sin traducirse inmediatamente en deseo. El arte abre un pasaje en la tormenta, un lugar donde uno puede descansar sin poseer.

De ese descanso nace otra forma de fortaleza: la que proviene del silencio, de la introspección, del desapego. En un tiempo que exige demostrarse, narrarse, exhibirse, aprender a retirarse es un acto de resistencia. El silencio no es vacío: es una frontera donde lo innecesario se disuelve. La introspección no es huida: es una forma de volver a uno mismo sin intermediarios. El desapego no es frialdad: es la recuperación de la libertad interior.

Y, sin embargo, nada de esto es posible sin aceptar una verdad incómoda: que el sufrimiento forma parte de la estructura del mundo. No como fallo, sino como condición. Pretender un camino sin fracturas solo multiplica el dolor. Aceptarlo no elimina la herida, pero elimina la ilusión que la agrava. Liberarse del autoengaño pesa más que cualquier posesión.

Al final, la serenidad no se alcanza luchando contra el caos, sino desactivando lo que dentro de nosotros alimenta la tormenta. La sabiduría consiste en aprender a caminar sin desear demasiado, contemplar sin reclamar, y aceptar sin rendirse. En esa discreta disciplina interior —invisible para casi todos— nace una libertad más amplia que cualquier éxito que podamos perseguir.