Durante una jornada cualquiera interpretamos múltiples papeles: profesional eficiente, amigo comprensivo, ciudadano obediente, desconocido anónimo, incluso versión silenciosa de nosotros mismos cuando nadie mira. Saltamos de un rol a otro con sorprendente naturalidad, como si la identidad fuera un vestuario infinito y no un núcleo estable.
La pregunta es inevitable: ¿cuál de todos esos “yo” es el auténtico?
Tal vez ninguno. O tal vez todos.
Nuestra cultura tiende a imaginar la identidad como un centro fijo, una esencia que permanece intacta a pesar de los contextos. Pero la experiencia cotidiana contradice esa idea: lo que llamamos “yo” parece más bien una dinámica adaptativa, un modo de responder al entorno para sobrevivir emocional, social o profesionalmente. Cada rol ilumina una parte de nosotros y deja otras en sombra.
Lo inquietante es que a menudo confundimos autenticidad con consistencia. Pensamos que ser auténtico es comportarse siempre igual. Pero una identidad rígida no es prueba de verdad interior, sino de incapacidad para dialogar con el mundo. En cambio, una identidad adaptable no es una máscara vacía: es la expresión de una complejidad viva.
Entonces, ¿dónde reside el “yo real”? Quizá en aquello que permanece cuando cesa la obligación de representar, cuando actuamos sin necesidad de agradar, sin miedo a perder, sin presión por encajar. En esos breves instantes —a veces íntimos, a veces inesperados— aparece un tono propio que no necesita justificarse. No es un rol, sino una orientación profunda, un modo de sentir y de interpretar que se mantiene a través de todos los disfraces.
No somos la suma de nuestros papeles; somos la coherencia secreta que los atraviesa. El auténtico yo no es un personaje más, sino el punto de gravedad desde el que todos los demás se sostienen.
Y, aun así, permanece móvil, cambiante. Porque la autenticidad no es un origen inmóvil: es un trabajo continuo, un diálogo permanente entre lo que somos, lo que mostramos y lo que aspiramos a ser.