El rol que se descubre

Los roles que asumimos no vienen dados: se descubren.
No son identidades predefinidas, sino posibilidades que emergen cuando la vida nos exige ocupar un lugar para el que aún no tenemos forma. Antes de integrarlos, los roles nos incomodan, nos tensan, nos revelan zonas internas que desconocíamos.

Aquí reaparece la dinámica esencial: el estado anímico moldea el rol y el rol moldea el estado anímico. No encarnamos una función desde un yo estable, sino desde una interacción continua entre lo que sentimos y lo que el rol nos pide. Somos la tensión entre ambos.

El actor es la metáfora perfecta de este proceso.
No interpreta un personaje: lo explora hasta encontrar en sí mismo la estructura emocional capaz de sostenerlo. Descubre un rol que no existía previamente y lo integra hasta hacerlo propio. A veces, incluso, ese rol altera su propio ánimo y deja huella más allá del escenario.

En la vida ocurre lo mismo, aunque de forma silenciosa. Cada rol que descubrimos —amar, liderar, cuidar, decidir, crear— se convierte en identidad solo cuando deja de ser un traje y pasa a formar parte de nuestra arquitectura interior.
Integrar un rol es ampliar el yo.

Por eso nuestra identidad no es un punto fijo, sino un movimiento de descubrimiento e integración constante.
No somos los roles que tenemos, sino el proceso mediante el cual los hacemos aparecer y los habitamos con conciencia.