Cuando el futuro laboral ya no pasa por el conocimiento

En los últimos años hemos repetido hasta la saciedad que el conocimiento era el gran motor del progreso. Que las profesiones cualificadas, tecnológicas, científicas y analíticas serían el núcleo duro del futuro económico. Que la digitalización elevaría la productividad y desplazaría el trabajo manual hacia un margen progresivamente menor.

Pero los datos recientes cuentan una historia distinta. Una historia incómoda.

Mientras la inteligencia artificial genera turbulencias en las profesiones más cualificadas —programadores, analistas, juristas, financieros, consultores, especialistas científicos— el empleo que sostiene el crecimiento real en España procede de trabajos mucho menos expuestos a la automatización: camareros, albañiles, transportistas, agricultores, personal de mantenimiento, cuidados y servicios presenciales.

El informe de Afi para los Cuadernos del Mercado de Trabajo del SEPE muestra, con claridad quirúrgica, el cambio de era:

  • Las ocupaciones más expuestas a la IA, las que creíamos intocables por su prestigio cognitivo, apenas aportan crecimiento.

  • Las menos expuestas —las que históricamente se subestimaron por su carácter manual o rutinario— son hoy las que tiran del empleo y sostienen la economía.

  • Incluso la evolución temporal revela la fractura: en 2020 arrasó lo digital; en 2024, quienes están “a salvo” de la IA son quienes trabajan con las manos, con el cuerpo, con la presencia.

La paradoja es brutal:
la economía española resiste mejor el impacto de la IA precisamente porque tiene una enorme base de empleo manual.
Una fortaleza coyuntural que es, al mismo tiempo, una debilidad estructural.

¿Es esto sostenible?
¿Puede un país construir su futuro apoyándose en sectores poco automatizables, pero también de baja productividad y alta precariedad?
¿O estamos viendo, en tiempo real, cómo la estructura del trabajo se reconfigura antes de que sepamos leer sus implicaciones profundas?

Lo que la IA ha puesto sobre la mesa es una inversión del relato clásico.
Durante décadas pensamos que la tecnología sustituiría al obrero y elevaría al especialista.
Ahora, la IA sustituye tareas cognitivas de alto nivel mientras preserva —al menos por un tiempo— los oficios que requieren presencia, improvisación física, contacto humano, cuidado, coordinación corporal o sensibilidad social.

Quizá la verdad incómoda no es que “los camareros estén salvando a España”, sino otra más profunda:
nuestro modelo económico nunca se preparó para un mundo donde la inteligencia se automatiza, pero la humanidad no.

La IA no ha venido a destruir profesiones; ha venido a iluminar sus fragilidades.
Lo que hoy se desplaza no es el conocimiento, sino la ilusión de que el conocimiento, por sí solo, bastaba.

Al automatizar la parte técnica de lo cognitivo, la IA devuelve valor a aquello que no puede programarse: La presencia humana, el cuidado, el juicio ético, la creatividad encarnada, la resolución física de problemas, la interacción social, la sensibilidad ante lo imprevisible.

Tal vez el futuro no consista en elegir entre ser camarero o programador, manual o digital, cognitivo o físico, sino en reordenar lo que entendemos por valor humano en una época de algoritmos que ya piensan más rápido que nosotros.

Porque la cuestión no es si la IA nos sustituirá, sino qué parte de nosotros estábamos dispuestos a olvidar mientras delegábamos en el conocimiento técnico nuestro lugar en el mundo.