El mundo animal se parece al mundo del recién nacido en una clave esencial: ambos están escritos en el idioma del cuerpo. No se basan en definiciones, sino en señales; no en relatos, sino en ritmos; no en conceptos, sino en calibración. La diferencia es que el recién nacido está en el umbral y el animal en la culminación: donde el bebé todavía abre su mapa sensorial y motor, el animal lo habita como una cartografía madura, afinada por millones de años.
Un animal no “comprende” el entorno explicándolo. Lo comprende respondiendo. Su inteligencia es un saber que no se pronuncia: olfato que interpreta, oído que anticipa, piel que decide, músculos que calculan. En ese mundo, conocer es acertar: moverse en el instante correcto, detectar lo invisible para otros, elegir sin deliberación verbal lo que preserva la vida.
El ser humano, en cambio, hace otra apuesta. Sacrifica parte de esa especialización temprana para ganar plasticidad y construir un segundo mundo: el simbólico. Donde el animal domina la realidad con percepción y acción, el humano intenta dominarla con palabras, modelos, normas, historias. Y a veces olvida que ese mundo superior solo se sostiene sobre el suelo sensorial y motor que lo precede.
Aquí aparece una paradoja silenciosa. Cuando el símbolo se degrada —cuando el lenguaje se vuelve ruido, cuando la reflexión se vuelve consigna, cuando el pensamiento se vuelve repetición— no regresamos a la precisión animal. Tampoco recuperamos el cuerpo como brújula. Caemos en una zona intermedia: menos instinto que el animal y menos sentido que el humano pleno. Un lugar donde se vive, pero se interpreta mal. Donde se reacciona mucho y se comprende poco.
Tal vez por eso conviene recordar lo más incómodo: el pensamiento no flota. La conciencia no nace en el aire. La abstracción no es una conquista sin cimientos. Todo lo que creemos saber se apoya, en última instancia, en una arquitectura anterior: sentidos que detectan, músculos que aprenden, un cuerpo que negocia con el mundo antes de que el mundo tenga nombre.