Hay pérdidas que no dejan huella visible. No tienen fecha, no generan un antes y un después claro, y aun así se instalan en el pecho como si hubieran arrancado algo. Son las pérdidas paradójicas: esas en las que el dolor parece exagerado porque, en sentido estricto, “nunca hubo nada”. Pero la experiencia humana no se rige solo por la propiedad. Se rige por el vínculo, por la posibilidad, por la promesa.
Se puede perder, primero, por lenguaje. “Perder” no siempre significa que algo fue tuyo: a veces significa que se cerró el acceso. Se pierde un tren aunque no se haya subido; se pierde una oportunidad aunque nunca se haya tocado. El verbo no habla de posesión, sino de trayectoria: de un camino que se interrumpe antes de empezar. Y esa interrupción puede doler porque la mente ya había empezado a caminar.
Se puede perder, también, por experiencia. Hay cosas que no se poseen como objetos, pero se habitan como climas: la confianza, la esperanza, la sensación de pertenecer. No son bienes almacenables; son estados que sostienen el mundo interior. Cuando se rompen, no desaparece “algo” concreto, sino una forma de estar en la vida. Desde fuera, todo parece igual; por dentro, se apaga una luz silenciosa.
Y se puede perder por comparación. No solo duele lo que falta, sino lo que descubrimos que era posible. La vida, al mostrarnos vidas ajenas, abre una herida nueva: no la de la carencia, sino la de la privación. No lo tuvimos, pero al ver que existía para otros, aparece un duelo tardío. El pasado no cambia, pero nuestra lectura del pasado sí: lo que antes era normalidad, de pronto se vuelve ausencia.
En el fondo, perder lo que nunca se tuvo es una prueba de que vivimos también en lo potencial. El ser humano no sufre solo por lo que se rompe, sino por lo que no llega a nacer. Por eso el duelo no necesita un objeto: necesita sentido. Y cuando ese sentido cae —cuando cae la puerta, el clima o la posibilidad— lo que sentimos no es un capricho del lenguaje, sino una verdad íntima.