El olvido que hace posible el acto

Toda acción requiere olvido. No porque la memoria sea inútil, sino porque es excesiva. Recordarlo todo paraliza. Cada gesto humano —decidir, avanzar, crear, incluso amar— implica dejar algo atrás, aunque sea por un instante. El que pretende actuar cargando con la totalidad de lo vivido termina inmóvil, sepultado bajo el peso de su propia lucidez.

La memoria es acumulativa; la acción, selectiva. Para movernos, debemos recortar el mundo. Para decidir, debemos silenciar alternativas. Para crear, debemos traicionar versiones anteriores de nosotros mismos. En ese sentido, actuar no es solo hacer: es renunciar.

El olvido operativo —ese que no borra, pero aparta— es una forma de inteligencia silenciosa. Permite que la vida continúe sin exigirnos resolver cada contradicción antes de dar el siguiente paso. Sin ese filtro, la conciencia se saturaría de matices, dudas y consecuencias posibles. Y entonces no habría historia, solo contemplación estéril.

Por eso los sistemas vivos olvidan. El cerebro poda sin cesar. La experiencia se simplifica. La identidad se reescribe. No es un fallo: es el precio de la continuidad. Recordar demasiado sería equivalente a quedar fijado en el instante, como una fotografía incapaz de convertirse en película.

Quizá la verdadera madurez no consista en recordar más, sino en olvidar mejor. En saber qué dejar en la penumbra para que lo esencial pueda avanzar. Porque cada paso hacia adelante es, en el fondo, una pequeña amnesia voluntaria.

Y sin esa amnesia, no habría movimiento. Solo memoria.