Decir “somos nuestros recuerdos” parece una obviedad, pero es una frase peligrosa: no afirma que poseemos memoria, sino que nuestra identidad depende de lo que el recuerdo decide conservar y de cómo lo reconstruye.
Un recuerdo no es un archivo intacto: es una representación. Cada vez que evocamos, reescribimos. El pasado no regresa, se interpreta con los materiales del presente: miedos actuales, deseos recientes, culpas antiguas con forma nueva. Por eso la memoria no solo explica quién fuimos; fabrica quién creemos ser.
En esa fabricación hay una moral escondida. Olvidar no siempre es fallo: a veces es supervivencia. Pero también hay olvidos que nos vacían. Cuando dejamos de recordar para no sentir, acabamos viviendo sin saber quién vive. La anestesia puede convertirse en identidad.
Y hay otra grieta: una parte de lo que somos no está dentro, sino fuera. También somos la memoria de los otros. Nos fijan con frases definitivas —“tú siempre has sido así”— y, sin darnos cuenta, empezamos a habitar un relato ajeno como si fuera destino.
La salida no es negar la memoria, sino comprender su naturaleza narrativa. Si recordar es reescribir, entonces la identidad no es una piedra: es un texto en revisión. No somos solo el pasado; somos el pacto que hacemos con él. Podemos elegir qué escenas repetimos hasta convertirlas en sentencia. Podemos decidir si el dolor será un capítulo o una religión.
Por eso la frase, llevada a su núcleo, se vuelve exigencia: cuida lo que recuerdas. No porque el pasado sea sagrado, sino porque lo recordado te escribe. Y aquello que te escribe, te gobierna.