Cada persona avanza por un territorio invisible hecho de creencias, recuerdos, miedos y expectativas. Dos individuos pueden recorrer la misma calle y, sin embargo, transitar universos completamente distintos. Para uno, el mundo es amenaza; para otro, posibilidad. El suelo físico es el mismo, pero el suelo mental no.
Nuestra experiencia vital está mediada —y a menudo distorsionada— por nuestros propios mapas internos. No reaccionamos tanto a lo que ocurre como a lo que creemos que ocurre. No sufrimos solo por los hechos, sino por el significado que les atribuimos.
Aquí reside su potencia filosófica: desplaza el foco desde la realidad externa hacia la arquitectura interior de la percepción. Nos recuerda que el mundo vivido es, en gran medida, una construcción cognitiva.
Porque si caminamos por lo que pensamos del mundo, entonces transformar la mirada no es un ejercicio estético, sino existencial. Cambiar de pensamiento no altera el planeta, pero sí el universo que habitamos dentro de él.
no vemos el mundo como es,
lo vemos como somos.
Y ahí —precisamente ahí— comienza toda posibilidad de lucidez… o de autoengaño.