El valor atrapado en lo que fuimos

Una empresa en declive rara vez se pregunta si debe esforzarse más en fabricar aquello que el mercado empieza a abandonar. Intenta algo diferente: descubrir qué parte de lo que posee puede trasladarse hacia donde está naciendo el valor.

Quizá deberíamos pensar así sobre nosotros mismos.

Durante mucho tiempo hemos entendido la vida profesional como acumulación. Más experiencia, más conocimientos, más especialización. Como si el valor de una persona creciera necesariamente con aquello que incorpora.

Pero acumular no garantiza revalorizarse.

Podemos convertirnos en extraordinariamente buenos haciendo algo que está dejando de importar. Podemos perfeccionar durante décadas una capacidad cuya demanda desaparece. Incluso podemos confundir nuestra experiencia con nuestro valor, cuando la primera pertenece al pasado y el segundo siempre depende, en parte, del futuro.

Ahí aparece una pregunta incómoda:

¿Y si no estamos perdiendo capacidades, sino utilizándolas en el lugar equivocado?

Una empresa puede poseer fábricas, patentes, conocimiento, relaciones y talento que pierden valor dentro de su actividad original y lo recuperan cuando encuentran otra función. El activo no había muerto. Había quedado atrapado en una determinada interpretación de sí mismo.

Tal vez con las personas ocurra algo parecido.

Nuestro mayor patrimonio podría no ser aquello que sabemos hacer, sino aquello en lo que podemos convertir lo que sabemos hacer.

El criterio de un médico, la capacidad narrativa de un periodista, la intuición espacial de un arquitecto, la experiencia de un artesano o la habilidad de un profesor para detectar cuándo alguien no comprende contienen capacidades más profundas que sus profesiones. Las profesiones son únicamente una de las formas históricas que encontraron esas capacidades para producir valor.

Y las formas históricas caducan.

La inteligencia artificial acelera precisamente esa separación. Algunas tareas que parecían inseparables de determinadas profesiones empiezan a desprenderse de ellas. Esto puede provocar desempleo, pero también algo intelectualmente más inquietante: obligarnos a descubrir qué queda de nosotros cuando desaparece aquello que hacíamos.

Quizá el verdadero trabajador en declive no sea quien envejece, quien pierde su empleo o quien pertenece a un sector amenazado.

Quizá sea quien continúa invirtiendo toda su energía en aumentar el valor de una versión de sí mismo que el futuro ya ha empezado a descontar.

Entonces la pregunta deja de ser:

«¿Cómo puedo seguir haciendo esto?»

Y pasa a ser otra mucho más difícil:

«¿Dónde podría valer lo que soy si dejara de empeñarme en seguir siendo lo que he sido?»