Mostrando entradas con la etiqueta La profundidad que no se ve. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La profundidad que no se ve. Mostrar todas las entradas

La profundidad que no se ve

Compartimos el mismo mundo… pero no la misma realidad.

Las formas son comunes.
Los colores coinciden.
Los objetos permanecen.

Y sin embargo, nada de eso garantiza que estemos viendo lo mismo.

Porque ver no es recibir: es interpretar.
Y la interpretación no depende de los ojos, sino de la profundidad desde la que se mira.

Hay quien observa una grieta en la pared…
y hay quien ve el paso del tiempo abriéndose camino.

Hay quien contempla un rostro…
y hay quien percibe una historia que aún no ha sido contada.

Hay quien mira el mundo como un inventario de cosas…
y hay quien lo atraviesa como un tejido de significados.

La diferencia no está en lo visible,
sino en lo que se activa al mirar.

Porque toda percepción es una resonancia.
Y solo resuena aquello para lo que uno está preparado.

Por eso el mundo no se revela igual a todos.
No porque cambie, sino porque nosotros sí lo hacemos.

La profundidad no es una propiedad de las cosas.
Es una capacidad de quien las observa.

Y tal vez, en el fondo,
no vivimos en función de lo que vemos,
sino en función de lo que somos capaces de ver en ello.