Nos gusta imaginar la memoria como un archivo. En algún lugar de nosotros permanecerían almacenadas las personas que fuimos, esperando ser recuperadas con suficiente fidelidad.
Pero recordar no es regresar.
Cada vez que volvemos al pasado llegamos desde un presente diferente. Y ese presente lleva consigo nuevas pérdidas, certezas, decepciones, afectos y necesidades. Miramos hacia atrás con unos ojos que entonces todavía no existían.
Por eso quizá nuestros recuerdos no sean únicamente vestigios.
También son negociaciones.
El adulto recuerda al niño. El vencedor recuerda sus dificultades como señales tempranas de aquello que llegaría a ser. Quien fracasó encuentra advertencias que entonces no vio. Quien perdió a alguien reconstruye conversaciones triviales hasta convertirlas en momentos decisivos.
Los acontecimientos permanecen relativamente quietos.
Su significado no.
Necesitamos cierta continuidad para poder decir «yo». Necesitamos creer que quien somos ahora procede, de alguna manera comprensible, de quienes fuimos antes. Y cuando esa continuidad presenta grietas, la memoria trabaja sobre ellas.
Selecciona.
Atenúa.
Enfatiza.
Relaciona acontecimientos que quizá nunca estuvieron relacionados.
No necesariamente porque queramos engañarnos, sino porque una identidad completamente fragmentada resultaría difícil de habitar.
Así aparece una posibilidad perturbadora: quizá no construimos nuestra identidad solamente con nuestros recuerdos; también reconstruimos nuestros recuerdos para sostener nuestra identidad.
El pasado deja entonces de estar detrás de nosotros.
Permanece en construcción.
Cada nueva versión de nosotros necesita encontrar antecedentes que la hagan posible. El rebelde descubre que siempre había sido rebelde. El prudente recuerda antiguas intuiciones. El desencantado encuentra señales que parecían anunciar la decepción. El superviviente convierte antiguas heridas en capítulos necesarios de su resistencia.
Nuestra biografía adquiere retrospectivamente una coherencia que probablemente nunca tuvo mientras estaba sucediendo.
Porque vivir es confuso.
Recordar, en cambio, permite editar.
Y ahí reside una de las paradojas más profundas de la identidad: creemos utilizar el pasado para explicar quiénes somos, cuando también utilizamos quiénes somos para explicar nuestro pasado.
Quizá por eso dos personas pueden haber vivido juntas durante décadas y conservar historias diferentes de una misma vida.
No necesariamente porque una recuerde y la otra mienta.
Sino porque cada una necesita habitar una historia distinta.
Entonces surge una pregunta incómoda.
Si mañana cambiamos profundamente, ¿cambiará también la persona que recordamos haber sido?
Tal vez nunca poseamos definitivamente nuestro pasado.
Tal vez llevemos toda la vida reescribiéndolo desde el único lugar desde el que podemos recordarlo:
La persona que necesitamos seguir siendo.