La innovación que todavía no sabemos desear

Innovar no consiste únicamente en hacer posible lo imposible. Consiste en preguntarnos si aquello que podemos hacer merece realmente existir.

Toda innovación nace de una tensión entre tres fuerzas: lo deseable, lo factible y lo viable. Parecen criterios técnicos, pero esconden tres preguntas profundamente filosóficas: ¿qué queremos?, ¿qué podemos? y ¿qué estamos dispuestos a sostener?

Lo deseable pertenece al territorio de las aspiraciones humanas. Sin embargo, nuestros deseos no son independientes: están moldeados por la cultura, la costumbre, el mercado y las posibilidades que conocemos. ¿Cómo podemos desear algo cuya existencia todavía no somos capaces de imaginar?

Lo factible representa nuestra capacidad para transformar la realidad. La tecnología amplía continuamente las fronteras de lo posible, pero introduce una paradoja: cuanto mayor es nuestro poder para hacer cosas, menor parece el tiempo que dedicamos a preguntarnos por qué deberíamos hacerlas.

Lo viable incorpora una exigencia distinta: la permanencia. Una idea puede resultar fascinante y técnicamente realizable, pero fracasar porque consume más recursos, atención o confianza de los que genera. La viabilidad no debería reducirse a la rentabilidad económica. También existe una sostenibilidad humana, social e incluso cognitiva.

Pero el verdadero problema aparece en la intersección.

Cuando solo combinamos deseo y capacidad, podemos producir maravillas insostenibles. Cuando unimos capacidad y rentabilidad, podemos fabricar soluciones que nadie necesitaba. Y cuando asociamos deseo y rentabilidad sin capacidad técnica, construimos promesas que todavía no podemos cumplir.

La innovación con sentido exige algo más que equilibrar esas tres dimensiones: necesita cuestionarlas.

Porque lo deseable puede ser inducido, lo factible puede resultar perjudicial y lo viable puede perpetuar aquello que precisamente necesitábamos transformar.

Quizá la innovación más profunda no sea aquella que satisface mejor nuestras necesidades, sino aquella que nos permite descubrir que algunas de esas necesidades eran artificiales.

Una tecnología que nos devuelve tiempo puede ser más revolucionaria que otra que multiplica nuestra productividad. Un producto que deja de ser necesario puede representar un progreso mayor que su versión más sofisticada. Una solución que reduce nuestra dependencia puede ser más valiosa que otra que garantiza nuestra fidelidad.

Aquí aparece una cuarta dimensión invisible: lo que merece ser transformado.

No todo problema necesita una solución tecnológica. No toda posibilidad merece convertirse en producto. No todo deseo necesita ser satisfecho.

Tal vez el futuro de la innovación no dependa tanto de nuestra capacidad para crear lo que todavía no existe como de nuestra lucidez para distinguir lo que debería existir de aquello que sería mejor no inventar.

La innovación alcanza su madurez cuando deja de preguntarse únicamente qué puede cambiar y comienza a preguntarse qué merece permanecer.