La pobreza de los deseos prestados

Séneca pensaba que no era pobre quien tenía poco, sino quien deseaba demasiado. Dos mil años después, quizá debamos añadir algo: tampoco es libre quien desea aquello que otros han decidido que debe desear.

Durante siglos, el problema filosófico fue aprender a contener el deseo. Ahora aparece otro anterior: descubrir de dónde procede.

Deseamos un objeto porque lo vemos. Una experiencia porque otros la muestran. Un cuerpo porque ha sido convertido en modelo. Una vida porque alguien ha conseguido hacerla visible. Incluso podemos sentir que nos falta algo cuya existencia ignorábamos unos minutos antes.

La maquinaria contemporánea ha descubierto algo extraordinario: no necesita satisfacer nuestros deseos; le resulta mucho más rentable producirlos.

Y ahí cambia la naturaleza de la pobreza.

Ya no consiste solamente en carecer. Consiste en vivir permanentemente separado de una versión futura de uno mismo: cuando tenga esto, cuando consiga aquello, cuando llegue allí, cuando sea reconocido, cuando pueda mostrarlo.

Cada conquista promete cerrar la distancia, pero frecuentemente inaugura otra.

Quizá por eso acumulamos más posibilidades que cualquier generación anterior y, sin embargo, resulta tan fácil experimentar insuficiencia. Hemos multiplicado los objetos capaces de satisfacer necesidades, pero también las máquinas capaces de fabricarlas.

Séneca proponía restar deseos para aumentar la riqueza. Hoy podríamos radicalizar su propuesta: antes de restarlos, habría que auditarlos.

Preguntarnos ante cada deseo:

¿Esto lo quiero yo o he aprendido a quererlo?

La pregunta parece pequeña, pero abre una grieta enorme. Porque si una parte significativa de aquello que perseguimos procede de estímulos, comparaciones, algoritmos, publicidad, prestigio y expectativas ajenas, entonces nuestra pobreza más profunda quizá no sea económica.

Es una pobreza de soberanía.

Poseemos cosas, pero alguien puede estar administrando nuestras carencias.

Y tal vez la riqueza contemporánea empiece exactamente ahí: no cuando conseguimos tener suficiente, sino cuando recuperamos el derecho a decidir qué merece parecernos insuficiente.