En el nuevo horizonte digital, ya no hace falta saber componer, tocar ni siquiera imaginar. Basta con unas pocas instrucciones para que una inteligencia artificial cree una canción. No una melodía al azar, sino una pieza completa: letra, ritmo, estilo, identidad del "artista" y hasta una biografía ficticia. Todo ensamblado en segundos por algoritmos que se alimentan de miles de obras humanas… sin que los humanos lo sepan o reciban compensación.
Algunas discográficas en España ya operan con músicos creados enteramente por IA. No existen como personas, pero generan ingresos reales. Y lo hacen con ventaja: no piden su parte, no firman contratos, no exigen derechos. Los beneficios, por tanto, se concentran en manos de quien controla el algoritmo.
Más allá del impacto legal —el uso de obras protegidas sin licencia— el problema es más profundo: si la cultura se genera sin participación humana, si los creadores dejan de tener incentivos, si el ingenio es sustituido por la velocidad de síntesis... ¿en qué se convertirá lo que escuchamos?
Lo inquietante no es que la IA imite a los humanos, sino que pueda reemplazarlos sin dejar rastro de su ausencia. Porque si la música generada por máquinas se alimenta únicamente de creaciones anteriores, acabará encerrada en un bucle de reciclaje sin emoción ni evolución. Un ecosistema estéril disfrazado de abundancia.
El productor Manu Flores lo advierte con claridad: la IA puede ser una herramienta útil si ayuda a mejorar el trabajo humano, no si lo borra. Y Cristina Perpiñá-Robert, desde SGAE, lanza la alerta definitiva: si esto continúa, no habrá motivos ni recompensas para seguir creando desde lo humano.
Entonces, la música podría seguir sonando... pero ya no sería música nuestra.