El filo de las distancias mínimas

La existencia humana se sostiene sobre fronteras invisibles. Creemos vivir en amplios márgenes, en vastos territorios de certeza, cuando en realidad nos movemos sobre líneas delgadas, a veces imperceptibles, que separan mundos opuestos. Entre el éxito y el fracaso, entre el sí y el no, entre la vida y la muerte, lo que se interpone no es un abismo, sino un instante, una vibración casi imperceptible del tiempo.

El éxito no está a años luz del fracaso: a menudo lo separa un gesto que se ejecuta o se omite, una palabra que llega demasiado tarde, una oportunidad que se arriesga o se deja pasar. El sí y el no, que parecen tan rotundos, se reducen a una mínima variación de sonido, pero son capaces de reorientar vidas enteras. El consentimiento o la negativa dibujan destinos tan distintos que parecen irreconciliables, aunque ambos partan del mismo punto de origen.

La vida y la muerte son, quizá, la distancia más estremecedora. No hay kilómetros entre ellas, solo un latido que cesa, una célula que deja de regenerarse, un soplo que no vuelve. La biología nos recuerda que estamos hechos de equilibrios precarios: basta una alteración microscópica para que la vitalidad se convierta en silencio. El tránsito es tan breve que nunca puede ser habitado del todo: lo atravesamos sin darnos cuenta.

Entre lo orgánico y lo inorgánico se abre otra línea en apariencia frágil, pero decisiva. La materia no viva y la viva se distinguen en un puñado de procesos químicos, en la posibilidad de autorreplicarse, en la emergencia de un metabolismo. La pregunta filosófica persiste: ¿es la vida un salto cualitativo o solo un complejo engranaje de lo inorgánico que aprende a persistir? Aquí, la distancia mínima no es solo física, sino ontológica.

El 0 y el 1, que gobiernan la lógica digital, nos muestran la radicalidad de un cambio mínimo: de la nada al todo, del vacío a la presencia, del apagado al encendido. Esa mínima oscilación es el lenguaje sobre el que se edifica hoy la cultura, las máquinas, las ciudades y hasta las decisiones que modelan sociedades enteras. Nunca lo mínimo había tenido tanto poder.

Finalmente, entre lo cierto y lo incierto se juega la tensión del conocimiento. A veces basta una prueba, un dato, un testimonio, para transformar la bruma de la duda en claridad. Pero esa claridad nunca es absoluta: lo cierto siempre roza lo incierto, como si ambas condiciones fuesen inseparables. La ciencia, la filosofía y la vida misma son búsquedas incesantes de certeza sabiendo que la incertidumbre nunca se extingue.

Todas estas distancias son mínimas, pero sus consecuencias son infinitas. Vivimos en los bordes, en los umbrales, en los intersticios. Tal vez lo que llamamos “realidad” no sea más que el tejido invisible de esas fronteras: un espacio donde lo pequeño define lo grande, donde lo inmediato determina lo eterno, donde un gesto basta para inclinar la balanza de todo lo que somos.