Después del salario

 

Después del salario queda lo más difícil: recuperar la vida que no fue vendida.

Porque una vez vendido el tiempo de trabajo, no queda simplemente el descanso. Queda el residuo íntimo de la existencia: las horas que aún no han sido convertidas en salario, rendimiento, utilidad o cansancio.

Queda el cuerpo, pero no siempre entero.
Queda la mente, pero no siempre libre.
Quedan los afectos, pero muchas veces debilitados por la fatiga.
Queda la casa, pero a veces solo como lugar de recuperación.
Queda el ocio, pero con frecuencia reducido a anestesia.
Queda la familia, los amigos, el silencio, la lectura, el deseo, la creación, la contemplación; pero todos ellos disputándose los restos de una energía ya consumida.

El problema no es solo que el trabajo compre tiempo. Es que muchas veces compra también presencia, atención, imaginación, humor, paciencia, sensibilidad. Uno no vende únicamente unas horas: vende una parte de su disponibilidad para el mundo.

Y entonces la pregunta verdadera no es cuánto tiempo queda después del trabajo, sino qué calidad de vida queda dentro del tiempo restante.

Porque puede quedar mucho tiempo y poca vida.
Puede quedar descanso, pero no plenitud.
Puede quedar ocio, pero no libertad.
Puede quedar salario, pero no sentido.

Después de vender el tiempo de trabajo, queda una pregunta desnuda: ¿Qué parte de mí sigue siendo mía?