Hay una figura cada vez más frecuente en nuestro tiempo: el gestor total con inteligencia parcial. Habla de sistemas, de transición, de gobernanza, de resiliencia, de sostenibilidad, de seguridad, de innovación. Su vocabulario parece abarcar el mundo entero. Pero cuando uno escucha con atención, descubre que no piensa el mundo: lo administra por compartimentos.
Es globalista en la ambición y especialista en el engaño.
No necesita comprender la totalidad. Le basta con controlar algunos puntos de paso: el dato que se oculta, la palabra que se sustituye, el indicador que se maquilla, la responsabilidad que se desplaza, el miedo que se amplifica, la promesa que se posterga. Su poder no consiste en decir una gran mentira, sino en intervenir pequeños segmentos de realidad hasta que la realidad completa queda deformada.
El engaño contemporáneo rara vez se presenta como falsedad frontal. Ya no entra derribando la puerta. Entra como informe, protocolo, campaña, marco narrativo, estrategia de comunicación, ajuste técnico. No dice: “esto es mentira”. Dice: “esto debe interpretarse de otro modo”. No niega el daño: lo contextualiza. No borra el fracaso: lo integra en una curva de aprendizaje. No elimina la injusticia: la convierte en externalidad.
Así nace una nueva forma de poder: la mentira modular.
Cada departamento falsifica una pieza. Uno suaviza las cifras. Otro rediseña el relato. Otro fabrica consenso. Otro convierte la crítica en ruido. Otro traduce la impotencia social en problema de percepción. Nadie parece responsable de la arquitectura completa, pero todos han colaborado en levantarla. El edificio del engaño ya no necesita un arquitecto visible; le basta con muchos técnicos obedientes.
La tragedia filosófica de esta época es que la totalidad ha sido entregada a quienes solo dominan fragmentos. Se les permite gestionar procesos inmensos sin exigirles una comprensión moral equivalente. Hablan de humanidad sin rostro humano. Hablan de futuro sin hacerse cargo del presente. Hablan de eficiencia cuando quieren decir obediencia. Hablan de adaptación cuando quieren decir resignación.
Por eso el ciudadano siente muchas veces que algo no encaja, aunque no siempre pueda señalar dónde está la trampa. La trampa está precisamente en la segmentación. Cada mentira aislada parece tolerable. Cada omisión parece menor. Cada eufemismo parece técnico. Pero unidos forman un clima mental: una atmósfera donde lo inadmisible se vuelve gestionable.
El gran engaño ya no consiste en ocultar la verdad.
Consiste en dividirla hasta que nadie pueda defenderla entera.