El subsuelo invisible del progreso

 

Vivimos rodeados de objetos que parecen nacer sin genealogía. Un teléfono, una pantalla, una cámara, una aplicación. Todo se presenta como presente absoluto, como si hubiera surgido de una inteligencia instantánea. Pero nada funciona desde la nada.

Debajo de cada tecnología actual hay una multitud de conocimientos retirados. Máquinas que dejaron de usarse, procedimientos que fueron sustituidos, materiales que ya no compensan, oficios que perdieron centralidad, errores que enseñaron a evitar otros errores. El presente técnico es una superficie brillante construida sobre un subsuelo de obsolescencias.

Una máquina de escribir ya no organiza nuestra escritura, pero educó durante décadas la relación entre tecla, dedo, signo y documento. Un fonógrafo ya no gobierna la música, pero abrió la posibilidad de separar el sonido de su instante. Una cámara antigua ya no compite con un móvil, pero conserva la memoria de la luz convertida en imagen.

Lo caduco no es necesariamente lo inútil. A veces algo caduca porque ha cumplido su función histórica: permitir que otra cosa exista.

Quizá el error consiste en mirar los objetos antiguos como piezas muertas. No lo son del todo. Son restos activos. Ya no trabajan en la superficie, pero siguen trabajando en la estructura del mundo.

Habitamos la acumulación de todo lo que tuvo que dejar de servir para que algo nuevo pudiera funcionar.