Cuando la ficción fabrica realidad

Solemos situar la verdad y la mentira en territorios opuestos. Pero quizá la frontera no sea tan sencilla. Una ficción puede ocultar la realidad, pero también protegerla, transformarla e incluso hacer posible algo que la verdad desnuda habría impedido.

El cine lo sabe desde sus orígenes. Nada de lo que vemos necesita ser verdadero para producir consecuencias verdaderas. Una muerte fingida provoca tristeza real; un peligro inexistente acelera el corazón; personajes que jamás existieron modifican nuestra manera de comprender el amor, la guerra o la justicia. La ficción demuestra así una propiedad inquietante: lo irreal puede intervenir sobre lo real.

Esta capacidad adquiere otra dimensión cuando abandona la pantalla. El espionaje, la propaganda, la publicidad o la política también construyen relatos destinados a modificar la percepción de quienes los reciben. Comparten con el cine una tecnología ancestral: seleccionar unos hechos, ocultar otros y organizarlos dentro de una narración capaz de resultar creíble.

El poder, entonces, no consiste únicamente en disponer de recursos materiales. Existe otro poder más silencioso: determinar qué historias utiliza una sociedad para interpretar el mundo. Una cultura capaz de exportar sus héroes, enemigos, aspiraciones, miedos y formas de vida introduce algo de sí misma en la imaginación de quienes la contemplan. No necesita imponer cada idea; basta con convertir determinados imaginarios en familiares, deseables o aparentemente naturales.

Aquí aparece una paradoja todavía mayor. Una mentira puede utilizarse para engañar, pero también para salvar. Si una identidad falsa protege a alguien perseguido, la falsedad factual de esa identidad puede estar al servicio de una verdad moral superior: preservar una vida. La pregunta deja entonces de ser únicamente «¿es verdad?» y se vuelve más incómoda: «¿qué realidad intenta producir esta ficción?»

Quizá por eso narrar sea una forma profunda de poder. Quien domina un relato no controla necesariamente los acontecimientos, pero puede modificar el marco desde el que serán comprendidos.

Y ahí reside la auténtica eficacia de una buena narración: interesar para retener nuestra atención, seducir para suspender nuestra resistencia y emocionar para atravesar nuestras defensas racionales.

Las ficciones más poderosas no son aquellas que consiguen que olvidemos la realidad.

Son aquellas que terminan formando parte de ella.