Durante mucho tiempo, elegir una formación significaba elegir una profesión. El título funcionaba como una promesa: estudiar algo era, en cierto modo, convertirse en algo.
Esa correspondencia se está debilitando.
El mercado laboral cambia con mayor rapidez que los itinerarios educativos. Aparecen tecnologías, desaparecen tareas, se transforman sectores y surgen necesidades que todavía no tienen un nombre académico preciso. En este contexto, el valor de una formación ya no reside únicamente en lo que certifica, sino en la cantidad de futuros que permite habitar.
Esto modifica profundamente la pregunta que debería hacerse quien elige qué estudiar. Ya no basta con preguntar: «¿Qué profesión tiene más salidas?». Las ofertas de empleo describen el presente; una formación pretende preparar para un futuro que todavía no existe.
La decisión exige cruzar varias dimensiones: demanda laboral, evolución del sector, grado de especialización, experiencia práctica, adaptación tecnológica y, sobre todo, aptitudes personales. Porque una competencia muy demandada puede tener poco valor para quien carece de las capacidades necesarias para desarrollarla, mientras que una aptitud excepcional puede permanecer invisible si nunca encuentra el entorno adecuado donde manifestarse.
Aquí aparece una transformación más profunda.
Quizá estemos pasando de una sociedad organizada alrededor de títulos que definen personas a otra organizada alrededor de capacidades que encuentran problemas.
El prestigio académico seguirá teniendo valor, pero dejará de ser una garantía suficiente. Lo decisivo será la correspondencia dinámica entre lo que alguien sabe, lo que puede aprender, aquello para lo que posee aptitudes y lo que el entorno necesita.
Y entonces la empleabilidad deja de ser simplemente una propiedad del currículum.
Se convierte en una relación.
Una relación entre individuo, conocimiento y realidad productiva que debe reconstruirse continuamente.
Tal vez, por eso, la formación con más futuro no sea la que conduce al empleo más demandado hoy, sino la que aumenta el número de futuros para los que una persona puede llegar a ser necesaria.