La música que sabe dónde estuvimos

 

Hay recuerdos que no sabemos buscar.

Permanecen en algún lugar de nosotros, intactos quizá, pero sin dirección. Intentamos regresar mediante palabras, fechas o fotografías y encontramos apenas fragmentos. Entonces suena una canción y, sin esfuerzo, aparece una habitación, una persona, una tarde que creíamos perdida.

Tal vez la música no guarde nuestros recuerdos. Tal vez guarde el camino hacia ellos.

Una canción pertenece a un tiempo concreto de nuestra existencia. No la escuchamos únicamente con los oídos: quedó asociada a lugares, cuerpos, expectativas, pérdidas, deseos. Por eso, cuando vuelve, no trae solamente una melodía. Reconstruye durante unos instantes el contexto emocional desde el que alguna vez vivimos.

La memoria autobiográfica podría parecerse menos a un archivo que a un territorio. Para encontrar algo en él necesitamos coordenadas. Y ciertas canciones funcionan precisamente así: como marcas temporales capaces de indicarnos dónde estuvimos emocionalmente.

Esto explica algo inquietante: quizá olvidamos menos de lo que creemos. Parte de lo que llamamos olvido podría ser simplemente incapacidad de acceso. El recuerdo continúa existiendo, pero hemos perdido la puerta.

La música puede conservar algunas de esas puertas.

Por eso una canción antigua produce a veces una experiencia extraña: durante unos segundos no recordamos simplemente quiénes fuimos. Volvemos a mirar el mundo desde aquella persona que éramos.

Y entonces comprendemos que nuestra biografía no está escrita únicamente con acontecimientos.

También está escrita con sonidos.