Solemos pensar el futuro como aquello que todavía no poseemos. Quizá deberíamos pensarlo también como aquello que todavía podemos perder.
Cada decisión modifica, aunque sea mínimamente, el conjunto de posibilidades con las que afrontaremos mañana. Aprender amplía algunas. El hábito consolida otras. El desuso puede debilitarlas. La experiencia transforma unas capacidades en otras. Y ciertas comodidades pueden liberarnos de esfuerzos inútiles o, si sustituyen sistemáticamente aquello que necesitábamos ejercitar, hacernos menos capaces de actuar sin ellas.
La diferencia es fundamental.
No todo esfuerzo merece conservarse. No toda delegación nos debilita. No toda pérdida constituye un empobrecimiento. La escritura permitió dejar de memorizar cantidades enormes de información; las máquinas nos liberaron de innumerables esfuerzos físicos; las calculadoras eliminaron operaciones rutinarias. Externalizar capacidades también ha sido una de las grandes estrategias de la inteligencia humana.
El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre liberarnos de una tarea y desprendernos de una capacidad.
Aquí adquiere sentido pensar en una economía del yo.
Poseemos recursos que no son estrictamente económicos: atención, conocimientos, relaciones, criterio, autonomía, tiempo y capacidad de aprender. Algunos se consumen, otros se transforman y otros permiten producir nuevos recursos.
Estos últimos son especialmente valiosos.
Saber algo importa. Pero conservar la capacidad de aprender quizá importe más cuando aquello que sabemos deja de servir.
Tener respuestas importa. Conservar criterio para examinarlas puede importar todavía más cuando las respuestas se vuelven prácticamente ilimitadas.
Poseer estabilidad importa. Pero mantener la capacidad de reorganizar nuestra vida adquiere un valor extraordinario cuando desaparecen las condiciones que la sostenían.
Quizá ahí se encuentre una forma distinta de riqueza.
No en permanecer intactos.
Ni en acumular indefinidamente.
Sino en conservar suficientes capacidades para seguir transformándonos sin quedar prisioneros de nuestras transformaciones anteriores.
Porque el futuro no recibirá exactamente lo que hoy somos.
Recibirá lo que nuestras decisiones hayan dejado todavía posible.
Y quizá esa sea una de las responsabilidades más silenciosas de una vida: No entregar al mañana una versión intacta de nosotros mismos, sino alguien que todavía conserve la capacidad de convertirse en otro.